En la azotea del Hotel Barceló Conde Luna hay un restaurante que subraya el lugar donde reside, para llamarse NiMÚ Azotea. El edificio del Hotel es uno de los más altos de la zona, el más alto si la mirada es hacia el casco viejo de la ciudad. Por ello, visitar el niMÜ para comer, cenar o tomar una copa, diría que es un imprescindible para locales o forasteros. NiMÚ busca ser un espacio gastronómico versátil y acogedor, con la filosofía de “ir a lo que quieras, cuando quieras”. Creo que consiguen el objetivo.

El día que visitábamos el restaurante, lucía el sol y teníamos una temperatura agradable, primaveral. Como es lógico, antes de sentarnos en la mesa, hicimos un pequeño tour para disfrutar de las vistas. La Catedral, Casa Botines, el Palacio de los Guzmanes, realmente toda la ciudad ante nuestros ojos. Y en un día nítido como el que nos tocó, con los campos y la cordillera al fondo. Un lujo!

El local tiene varios espacios interiores destinados a comedor, y una amplia terraza con mesas, destinada en estas fechas a tomar el café o la copa. En nuestro caso, comimos dentro y aceptamos encantados la oferta de tomar el café en la terraza.

Ya sentados, decidimos que nos acompañase en la comida un Pardevalles rosado. Un Prieto Picudo de color rosa, limpio y brillante. Intenso y fresco en nariz, con aromas a fresa y ligeros recuerdos cítricos. Sabroso en boca, con una gran frescura que le aporta el carbónico residual de la fermentación. Buena compañía.

Empezamos compartiendo dos raciones: Unos Niguiris de huevo frito de codorniz con trufa y salsa de soja, y un gofre de pan con carrillera, salsa de mayo-kimchi y virutas de queso pata de mulo.

Elaboraciones sabrosas y bien presentadas, Un placer para la vista y el gusto. Un toque oriental en la primera, y más leonés en la segunda ración.

A continuación, los segundos. Una carta con suficiente oferta para adaptarse a gustos variados. Elegimos Cogote de merluza, Chipirones al ajillo con pisto, Solomillo de vaca con refrito de pimienta al Oporto y Brocheta de rape y langostinos, con muselina de ajo y verduras.

En mi caso, decisión marina. Pedí el Cogote de merluza con ensalada. Muy bien de horno, un pescado sabroso con la aportación del aceite y el vinagre, un poco al estilo donostiarra. Como curiosidad, un cierto picantillo no agresivo, debido a la presencia de finas rodajas de pimiento de cayena fresco. Me gustó.

Las demás elecciones también terminaron en satisfacción para mis compañeros de mesa; especialmente expresiva, en positivo, fue la opinión sobre los Chipirones al ajillo.

Y pasamos a los postres. Pedimos las bolas fritas de arroz con leche con helado de canela, el Lago de los cisnes y la Pecera de Miguel. El primero, una adaptación de un postre clásico; los otros dos, arte dulce en estado puro. Postres divertidos y muy bien presentados. Dominaban la nata y el chocolate en el Lago, y las cremas y helados cítricos en la Pecera.

Bien resueltos, cumplieron perfectamente para terminar esta estupenda comida.

Digo terminar y no digo bien. Como comentaba al principio, la invitación a salir a la terraza nos animó a alargar la velada. Café y unos gintonics de Seagrams, junto con el calorcito de la primera hora de la tarde, nos empujaron a la conversación y a la reflexión metafísica.

Gracias Julián y Eva por llevarnos a la Azotea, y que los dioses sean propicios para vuestra hija Alicia y Hugo, su futuro marido. Ellos ha sido la razón cercana para disfrutar de la velada. Brindamos por el éxito de su nuevo periplo vital, y por la repetición de momentos inolvidables de estos cuatro amigos.

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