Estamos a finales de agosto en León y es domingo. La buena temperatura nos anima a pasear por la capital, después de haber disfrutado la tarde anterior de la Feria de la cerveza artesana, en Carrizo de la Ribera.
Hemos elegido un clásico de la capital para comer. El Restaurante Alfonso Valderas nace en 1998. Alfonso, natural de Valderas, se marcó como objetivo traer una de las tradiciones culinarias de la villa de Tierra de Campos, el bacalao en salazón, a León capital. Y cumplió su objetivo. El bacalao es la estrella de la carta, tanto en elaboraciones tradicionales como en nuevas versiones. Pero no sólo esta especialidad: en su amplia oferta vemos, entre otros, productos locales de las huertas cercanas y también excelentes carnes rojas.
Después de 28 años de trayectoria, estamos ante un excelente restaurante en el que brillan una buena cocina, un comedor cuidado y un trato elegante y cercano. La profesionalidad de Carlota y Raquel, relevo natural de Alfonso, el fundador de esta casa, marca impronta.
El Valderas está en el primer piso de un edificio de la calle Arco de Ánimas, a dos pasos de la Plaza de San Marcelo. Entrada independiente y ascensor propio, nos llevan a la entrada del local. La impresión al entrar es de limpieza y orden. La decoración, con mobiliario clásico de calidad, y mesas vestidas con buena mantelería, vajilla, cubiertos y cristalería de nivel alto.
Nos reciben con simpatía para llevarnos hasta nuestra mesa, junto a un ventanal. Todo anticipa que vamos a disfrutar de estos momentos.
Empezamos pidiendo la bebida, agua de Móndariz y un Prieto Picudo rosado, Viña Trasderrey, un vino equilibrado, afrutado y fresco, que fue premiado como el mejor Prieto Picudo rosado en 2024. Y además, de la Bodega cooperativa de Valderas.
Nos gusta el bacalao, así que vamos a dejar que sea el protagonista de la comida.
Empezamos con dos medias raciones para compartir. La primera no estaba en carta, Flores de calabacín rellenas de una crema con refrito de lengua curada. Suaves y delicadas, sobre una crema de cebolla y calabacín.
Después nos fuimos a algo más tradicional. Morcilla de León con compota de manzana y piñones, acompañado de pequeñas tostas de pan. Pasamos de un primer entrante de sabores y texturas suaves a la contundencia de la morcilla, con toque picante atenuada por la compota.
De los entrantes pasamos a los bacalaos. Pedimos uno más atrevido y otro más cercano a lo tradicional, que no clásico. La contemporaneidad vino con el Milhojas de bacalao y centollo dos salsas. El más tradicional, aunque también con toques novedosos, nos llegó con el Bacalao grillé con boletus y mollejas de cordero. Contundencia de los sabores en el segundo y sutileza con bella presentación en el Milhojas.
Terminamos con un postre pleno de melosidad y dulzor, la Torrija con confitura de naranja. Es un postre que habría necesitado un vino dulce de acompañamiento. Pero la prudencia obligada al tener que conducir de vuelta a Carrizo, nos hizo tomar la decisión adecuada.
En resumen, un restaurante que merece la pena conocer y repetir en el futuro si se tercia. Cocina muy notable, agradable comedor y un gran servicio avalan esta opinión. Volveremos pues.









